Todo tiene un comienzo...y un fin.
Hace unos pocos años que entré en la vía de Buda aunque llevo interesándome por esta religión/filosofía/práctica de vida bastante más tiempo, en concreto desde los 21 años.
Como cualquier camino espiritual, mi interés surgió ante un hecho que compartimos (creo) todos los seres humanos: la sensación de insatisfacción ante la vida así como el temor a la muerte o a dejar de ser.
No voy a negar que fue un golpe darme cuenta de esta realidad. Podría haber hecho como otros muchos: tratar de olvidar esta sensación, pillar un par de cervezas, quedar con unos amigos o con una chica y divertirme un rato. Eso en sí mismo no tiene nada de malo. Somos humanos y está bien divertirse. Sólo que en aquel momento sabía que este camino era más de lo mismo.
De este modo empecé a buscar. Filosofías, posiciones políticas, las religiones al uso...buceé en varias fuentes y mantenía conversaciones con mis amigos católicos acerca de estas dudas que me habían asaltado.
Así conocí aspectos del comunismo, anarquismo, liberalismo, cristianismo, estoicismo...en fin, como podréis ver, muchas terminaciones en "ismo" pero nada verdaderamente colmaba aquella sensación de desazón.
Sin embargo un día, ante los azares de internet, como una hoja que se desprende del árbol en mitad del otoño y que acaba aterrizando a varios metros de su tronco, me encontré una página web que trataba sobre el budismo en general. Esta página abordaba las grandes cuestiones como la vida, la muerte, el ser...así como las diferentes escuelas o sectas del budismo.
Algo en la sencillez y profundidad de estas enseñanzas me hicieron conmoverme. Eran obviedades, cualquiera podría saber estas cosas, sin embargo verlas así escritas, tan meticulosas y lógicas me llegaron al corazón. Leí y leí hasta recorrerme la página entera. Theravada, Mahayana, Zen...tantos conceptos, nombres diferentes...
De entre todas las entradas respecto a las escuelas de budismo una en especial me interesó, la del Zen, especialmente la del Soto Zen. Quizás estaba influenciado en aquellos momentos por su atracción por el Japón feudal y su arte depurado y refinado. O quizás algo en las prácticas de esta tradición me llamaron la atención. El caso es que a través de esta página surgió el nombre de un maestro contemporáneo fallecido en el año 82: Taisen Deshimaru.
Busqué entonces en una librería online algún libro de este maestro y compré uno titulado: La Práctica del Zen.
Estaba nervioso. Deseaba que llegara el libro a mi para poder así zambullirme en las enseñanzas. Mientras tanto, para aguantar el "mono" iba leyendo y releyendo la página, viendo tras cada lectura un nuevo detalle que me había pasado inadvertido antes.
Hasta que una mañana por fin pude ver el libro. Creo que no hace falta decir que lo devoré. Las enseñanzas que daba, las formas en las que lo transmitía, como se realizaba la meditación y cual era su sentido...sus enseñanzas sobre la muerte. Cada uno de los capítulos era para mi pura dicha y verdad. Me sorprendía a mi mismo sonriendo ante las hojas del libro, viendo como aquello que decía parecía que me lo decía a mi mismo.
Intenté practicar la meditación en mi casa. Y el libro se convirtió en el libro por excelencia en mi mesita de noche. De vez en cuando acudía a él y volvía a leer algún pasaje o párrafo. Sin embargo la inercia de la vida a veces te aleja. Al no saber realizar la meditación y no encontrar ningún grupo cerca de mi residencia fue espaciando mis intentos de práctica hasta que desaparecieron. Pero de vez en cuando volvía a abrir el libro, el cual ya se había desplazado de la mesita a la biblioteca, y por temporadas volvía a disfrutar de él.
Pasaron los años hasta que la realidad de la vida me alcanzó. Es curiosa la capacidad de autoengaño que tenemos los humanos hasta que, como animales acorralados, no nos queda más remedio que enfrentarnos a lo que nos atemoriza. El caso es que volví a sentir aquella sensación que me hizo emprender mi primera búsqueda espiritual. Aunque en aquel momento tenía cierta ventaja puesto que sabía donde acudir.
Fui a mi biblioteca y ahí estaba. La Práctica del Zen.
Leí la primera página, luego la segunda, la tercera....la cuarta y así sucesivamente hasta terminarme el libro. Cuando lo terminé, volví a empezarlo. Como podía haber perdido tanto tiempo y energías en cuestiones secundarias cuando todo era más sencillo, más claro y luminoso que todo eso. Esta vez sí pude encontrar un curso de introducción al Zazen así que durante un fin de semana pude conocer por fin de primera mano aquellas experiencias que tantas veces había leído en un libro.
La experiencia superó el libro.
Y desde entonces...con mis aciertos, mis errores, mis pasos adelante y mis retrocesos llevo practicando, normalmente en soledad, la vía de Buda.